Portada del libro electrónico Si no hay guerra, no hay match, de Alejandro Ruiz

Si no hay guerra, no hay match

Historias con humor y verdad de la era Tinder para ligar con menos ansiedad, entender las apps de citas y recordar que si no te amas, nadie te amará

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Publicado
Páginas
307
Idioma
Español
Categoría
Autoayuda

Contenido divulgativo: no sustituye la ayuda de un profesional de la psicología. Cómo hacemos los libros

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Sinopsis

Si no hay guerra, no hay match: es la primera lección que aprende quien se descarga Tinder creyendo que será fácil. Deslizas a la izquierda, a la derecha, sí, no, no, sí… y de pronto llevas tres semanas hablando con alguien cuya biografía decía «Si no crees en Dios, te doy su teléfono» (o su versión «te paso su teléfono»). Este libro reúne historias contadas con humor y honestidad sobre la época de las apps de citas. Hay primeras citas que prometían ser eternas y duraron un café, fantasmas que reaparecen con un «¿qué tal?» y chats que terminan en visto. También está esa sensación de que, en las apps, si no eres el primero, eres el último. ¿Por qué seguimos deslizando aunque nos agote? Porque las apps premian la novedad y nos mantienen esperando el siguiente match. ¿Se puede encontrar algo real entre tanto perfil? Sí, pero no a base de fórmulas mágicas. Hace falta saber qué buscas y atreverte a decirlo, porque casi todos queremos lo mismo y nos da miedo admitirlo. Quizá la pregunta no sea si crees en Dios o en el amor, sino si crees en ti. Si no te amas, nadie te amará, y ese es el punto de partida para elegir mejor. Te reirás de ti, de tus ex y de ese chat que guardas «por si acaso». Al terminar, mirarás tus apps con otros ojos: más lucidez, menos ansiedad y más ganas de algo de verdad. Abre el libro, desliza a la derecha y descubre por qué todos hemos dicho sí, no, no, sí… alguna vez.

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Del capítulo «Bienvenido a la guerra (trae el móvil cargado)»

Hay una forma sencilla de saber que una relación se ha terminado: dejas de compartir ubicación, dejas de discutir por quién compra el papel higiénico y vuelves a preguntarte si tu foto de perfil debería salir con gafas de sol.

La soltería empieza muchas veces con una mezcla extraña de alivio, miedo y batería al 14 %. Al principio dices que quieres estar un tiempo tranquilo. Luego un amigo te comenta que “hoy en día todo el mundo está en las apps”. Después alguien te enseña un perfil y afirma que su primo conoció allí a su mujer. Tú finges interés, preguntas cuánto llevan juntos y, antes de que termine la conversación, ya has descargado Tinder, Bumble, Hinge o la aplicación de turno.

La pantalla pide algunas fotos, una frase ingeniosa y tus preferencias. El proceso parece sencillo. Seleccionas edad, distancia, género y quizá alguna afición. El móvil vibra. Aparece una persona. Deslizas. Aparece otra. Deslizas. De pronto llevas cuarenta minutos moviendo el pulgar como si estuvieras aprobando o rechazando candidaturas para un puesto de trabajo que nadie ha definido.

Has entrado en la guerra.

No es una guerra con trincheras ni uniformes. Hay mejores fotos, biografías que parecen redactadas por un departamento de marketing y enemigos invisibles llamados “visto”, “última conexión” y “¿qué tal?”. La munición es limitada: tiempo, paciencia y una autoestima que conviene no dejar cargando junto al móvil, porque puede calentarse.

Te descargaste la aplicación con una idea bastante razonable: conocer gente. Tal vez encontrar pareja. Tal vez tener citas, conversar, volver a sentir mariposas o comprobar que todavía sabes vestirte para algo que no sea ir al supermercado. Esperabas posibilidades.

Lo que encuentras suele ser un catálogo humano con iluminación irregular.

Hay perfiles que dicen:

“Me gusta viajar”, junto a cinco fotos en aeropuertos. “No sé qué hago aquí”, escrito en una aplicación que existe precisamente para hacer algo allí. “Si no sabes lo que quieres, pasa de largo”, aunque la persona tampoco lo explica. “Busco alguien normal”, una frase que deja abierta la pregunta de si la normalidad incluye contestar mensajes. […]

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