La cartógrafa de las sombras
Una novela histórica española de misterio en la Asturias de 1887, donde un mapa en blanco esconde lo que nadie quiere recordar
Lee el comienzo- Publicado
- Páginas
- 383
- Idioma
- Español
- Categoría
- Novelas › Thriller
¿Has visto una errata o tienes una duda sobre este libro? Escríbenos
Sinopsis
Lee el comienzo
Del capítulo «La línea en blanco»
El tren se detuvo con un golpe seco. Las ventanas vibraron en sus marcos y una brasa de carbón cayó del techo sobre el guante de Elvira.
Fuera, la estación provisional se aferraba a la ladera con tablones, barro y una hilera de faroles apagados. No había pueblo a la vista. Solo el monte, cerrado por la lluvia, y más abajo la boca negra de un tajo donde los hombres trabajaban entre vapores de pólvora. Los robles conservaban hojas del color del cobre viejo; las hayas, desnudas a medias, parecían escobas empapadas contra la niebla.
Elvira bajó con el estuche de latón bajo el brazo. El estribo resbaló bajo su suela y tuvo que agarrarse al pasamanos. La madera olía a hollín húmedo. Un mozo descargó su baúl sin mirarla y lo dejó caer en el andén.
—Ahí tiene, señorita.
La palabra quedó entre ambos como una moneda de poco valor.
Elvira comprobó que el cierre no se hubiera abierto y recogió el baúl por un asa.
—¿Dónde está la oficina de la compañía?
El mozo señaló una caseta de tablas al otro lado de las vías.
—La de los papeles. Si busca alojamiento, siga el camino hasta la posada.
—No busco alojamiento.
El hombre se encogió de hombros. Llevaba las botas cubiertas de arcilla gris y un hilo de sangre seca junto a la nariz. Elvira echó a andar sin contestar. La lluvia le había empapado el ala del sombrero y se le filtraba por el cuello, pero no aflojó el paso. En el bolsillo interior del abrigo, el nombramiento de la Compañía del Ferrocarril del Noroeste se humedecía dentro de su funda.
La caseta tenía dos ventanas empañadas y una puerta que no cerraba bien. Dentro olía a tinta, lana mojada y sopa de cebolla. Un hombre joven escribía de pie ante un pupitre. El bigote, peinado con esmero, no conseguía ocultar que se mordía el labio cada vez que levantaba la pluma. Una mancha de lacre endurecido le salpicaba el chaleco.
—¿El señor Rivas?
El hombre alzó los ojos.
—Según consta, sí. […]