Portada del libro electrónico La cartógrafa de las sombras, de Eusebio Matas

La cartógrafa de las sombras

Una novela histórica española de misterio en la Asturias de 1887, donde un mapa en blanco esconde lo que nadie quiere recordar

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Publicado
Páginas
383
Idioma
Español
Categoría
Novelas › Thriller

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Sinopsis

Una novela histórica sobre los lugares que no aparecen en ningún mapa porque alguien pagó para que así fuera. Asturias, 1887. Inés Valcárcel tiene veinticuatro años, un pulso firme y la plumilla que heredó de su padre, un agrimensor muerto en extrañas circunstancias en esas mismas montañas. La Compañía del Ferrocarril del Noroeste la contrata para cartografiar el avance de las vías por la cordillera, un trabajo que ningún hombre de ciudad quiere aceptar. Pero los planos no cuadran con lo que ven sus ojos. El trazado se retuerce sin motivo técnico para esquivar aldeas de piedra, brañas sin nombre y un bosque donde los mulos se niegan a entrar. Los vecinos cierran las puertas al verla llegar, y la Compañía le exige que deje esos espacios en blanco. Cuanto más mide, más claro tiene que alguien enterró algo bajo la montaña, y que el silencio de los vivos protege a los muertos tanto como a quienes los condenaron. ¿Buscas una novela histórica española recomendada que una misterio, paisaje y emoción? Esta ficción histórica te lleva a la España rural del siglo XIX con una protagonista que desafía a su época y una intriga que avanza como un mapa que se va completando. Al cerrar el libro no volverás a mirar un mapa igual. Entenderás que decidir qué existe es también una forma de poder y de olvido. Si te atraen las novedades de novela histórica con alma y secretos, acompaña a Inés a la montaña. Empieza a leer hoy.

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Del capítulo «La línea en blanco»

El tren se detuvo con un golpe seco. Las ventanas vibraron en sus marcos y una brasa de carbón cayó del techo sobre el guante de Elvira.

Fuera, la estación provisional se aferraba a la ladera con tablones, barro y una hilera de faroles apagados. No había pueblo a la vista. Solo el monte, cerrado por la lluvia, y más abajo la boca negra de un tajo donde los hombres trabajaban entre vapores de pólvora. Los robles conservaban hojas del color del cobre viejo; las hayas, desnudas a medias, parecían escobas empapadas contra la niebla.

Elvira bajó con el estuche de latón bajo el brazo. El estribo resbaló bajo su suela y tuvo que agarrarse al pasamanos. La madera olía a hollín húmedo. Un mozo descargó su baúl sin mirarla y lo dejó caer en el andén.

—Ahí tiene, señorita.

La palabra quedó entre ambos como una moneda de poco valor.

Elvira comprobó que el cierre no se hubiera abierto y recogió el baúl por un asa.

—¿Dónde está la oficina de la compañía?

El mozo señaló una caseta de tablas al otro lado de las vías.

—La de los papeles. Si busca alojamiento, siga el camino hasta la posada.

—No busco alojamiento.

El hombre se encogió de hombros. Llevaba las botas cubiertas de arcilla gris y un hilo de sangre seca junto a la nariz. Elvira echó a andar sin contestar. La lluvia le había empapado el ala del sombrero y se le filtraba por el cuello, pero no aflojó el paso. En el bolsillo interior del abrigo, el nombramiento de la Compañía del Ferrocarril del Noroeste se humedecía dentro de su funda.

La caseta tenía dos ventanas empañadas y una puerta que no cerraba bien. Dentro olía a tinta, lana mojada y sopa de cebolla. Un hombre joven escribía de pie ante un pupitre. El bigote, peinado con esmero, no conseguía ocultar que se mordía el labio cada vez que levantaba la pluma. Una mancha de lacre endurecido le salpicaba el chaleco.

—¿El señor Rivas?

El hombre alzó los ojos.

—Según consta, sí. […]