El Autor que Solo Existía en la Tele
Un thriller de misterios TV, plagio y vigilancia digital que se lee como una serie de misterio de televisión: tu propia casa ya no es segura
Lee el comienzo- Publicado
- Páginas
- 407
- Idioma
- Español
- Categoría
- Novelas › Misterio
¿Has visto una errata o tienes una duda sobre este libro? Escríbenos
Sinopsis
Escucha la sinopsis · 1:53 · Voz sintética (IA)
El supuesto autor, Adrián Vale, aparece en entrevistas y en un programa de misterio de televisión, firma contratos millonarios y encabeza las listas. Pero nadie lo ha visto fuera de una pantalla. ¿Quién es en realidad Adrián Vale? ¿Y cómo puede salir de casa un texto que nunca estuvo conectado?
La investigación arrastra a Vera a una red de manuscritos robados, dispositivos vulnerables y empresas que convierten la creación ajena en un negocio invisible. Mientras intenta demostrar que le han robado la voz, alguien empieza a anticiparse a cada uno de sus movimientos. El disco duro ya no es una prueba segura. Su casa tampoco.
Si te atrapa el misterio de una serie de TVE o una buena serie de misterio de televisión, aquí encontrarás esa misma tensión por capítulos, con un giro inquietante: la amenaza está en las pantallas que te rodean. Pasarás las páginas como quien no puede dejar el siguiente episodio y descubrirás cómo se fabrica una identidad y cuánto de tu intimidad queda expuesto sin que lo sepas.
Apaga la tele, abre el libro y descubre quién se esconde detrás del autor que solo existía en pantalla.
Lee el comienzo
Del capítulo «La pantalla encendida»
A las dos y diecisiete, el televisor encendió el salón.
La luz azul borró por un instante la lámpara de pie, la mesa baja, la taza con dos dedos de café seco en el fondo. Vera no levantó la cabeza. El cursor seguía parpadeando después de «inmóvil», y la coma que acababa de borrar permanecía entre las letras como una mancha que solo ella podía ver.
Miró la hora en la esquina inferior del ordenador.
La noche anterior había quitado las pilas del mando y las había dejado en un cuenco de loza, junto al fregadero, separadas por si el problema estaba en el botón del volumen. No era la primera vez que el televisor subía solo durante un anuncio. Tenía nueve años, una raya vertical en el cristal y una tendencia a obedecer a quien no le hablaba.
La voz de Adrián Vale llegó desde el salón.
—La memoria siempre deja una puerta abierta.
Vera dejó los dedos sobre el teclado.
No conocía a Vale en persona, aunque su cara le resultaba tan familiar como la de algunos presentadores del tiempo. Llevaba semanas apareciendo en escaparates, portadas de librería y vídeos que empezaban a reproducirse sin que nadie los solicitara. Cuarenta y pocos años, barba de dos días, camisa gris sin una arruga. En la pantalla sonreía con una fracción de retraso, como si la sonrisa necesitara permiso antes de instalarse en su boca.
Detrás de él habían colocado una estantería con sus libros. Todos estaban inclinados hacia la derecha con el mismo ángulo.
Vera volvió la vista al ordenador.
En el informe de lectura, la frase «La casa permaneció inmóvil durante siete minutos» había recuperado su forma anterior. El cliente pagaba por bloques, no por horas. Llevaba cuatro noches encorvada sobre aquella novela de policías jubilados y había llegado a la página ciento doce. Le faltaban dieciocho páginas para terminar el capítulo. Después tendría que redactar las observaciones: ritmo irregular, secundarios funcionales, resolución precipitada. Había escrito las tres fórmulas en un archivo aparte, para no contaminar con ellas la prosa del autor. […]